Por Néstor Estévez
Con alta frecuencia escuchamos hablar de desarrollo. Como sabemos, se trata de eso con que se alude al proceso que nos va ayudando a mejorar las condiciones en que nos desempeñamos para las diversas manifestaciones de nuestra vida.
Una de las vertientes más en boga es la referida al desarrollo territorial. ¿De qué estamos hablando exactamente? ¿A qué se refiere el desarrollo territorial? ¿Cómo proceder para lograrlo?
Lo primero a tomar en cuenta es que las obras, por sí solas, no representan desarrollo para los territorios. Es algo muy parecido a “sacarse el premio” o encontrarse un botín. Regularmente, cualquiera de esas dos situaciones termina en derroche y hasta en empeoramiento de la situación.
Muchos tratadistas han abordado las diversas corrientes sobre el desarrollo territorial. Entre ellos destaca la investigadora Luisa Rodríguez, para quien el desarrollo local es “el proceso de organización del futuro de un territorio”.
Para esta estudiosa, ese proceso “resulta del esfuerzo de concertación y planificación emprendido por el conjunto de actores locales, con el fin de valorizar los recursos humanos y materiales de un territorio dado, manteniendo una negociación o diálogo con los centros de decisión económicos, sociales y políticos en donde se integran y de los que dependen”.
En nuestro país contamos con diversas referencias gubernamentales vinculadas al desarrollo. El presidente Abinader ha sido reiterativo al defender su decisión de impulsar un “verdadero desarrollo económico y social en el país”. El ministro de Economía, Planificación y Desarrollo, Pavel Isa, ha explicado la necesidad de “reestructurar la inversión pública” de cara a que “la prioridad sea satisfacer las demandas de las comunidades más vulnerables del país”.
En el Congreso, por otro lado, se impulsa la Ley Orgánica de Regiones Únicas de Planificación de la República Dominicana, iniciativa que procura propiciar un mejor desarrollo a escala nacional, regional y local, orientando las políticas, planes, programas y proyectos de inversión pública, para asegurar una mayor cohesión territorial.
Parece que estamos en buen tiempo para impulsar el avance. Para ello es sumamente útil tomar en cuenta la necesidad de superar aquella etapa en la que se consideraba al Gobierno como ese “papá” al que se le pide y que, casi siempre, luego de muchos ruegos, termina satisfaciendo el requerimiento de su cría.
De manera creciente, los territorios van asumiendo roles protagónicos en la construcción de su futuro. Está claro que también los hay sumidos en aquella etapa cuasi feudal, considerando al Gobierno como el que propone, dispone y pone. Pero los territorios que asumen responsabilidades, esclarecen su visión, colocan al ser humano en el centro, generan procesos participativos y construyen consensos, son los que logran marcar la diferencia y volverse referente para los demás.
Para impulsar avance territorial, la tarea más inmediata ha de ser orientar recursos, contenidos y acciones al mejor desarrollo de las capacidades y destrezas de las personas que habitan la demarcación. Eso implica generar procesos de comunicación que deben partir de la real escucha, como manera de colocar en el centro a los seres humanos y a su entorno.
Ese modo de abordar la comunicación es clave para lograr entendimiento, herramienta determinante para el avance sostenible. Es así como podemos partir de lo que se tiene, esclarecer visión, construir consensos y cohesionar el territorio a la luz de los cambios, la sostenibilidad y el auténtico desarrollo.


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